Las bacterias de villanos a héroes

Hasta hace aproximadamente  unos 300 años no se conocía de la existencia de las bacterias .  Trescientos años parece mucho tiempo para la vida de una persona pero sin duda es una fracción mínima para la historia de la medicina. Y tan solo hace unos 150 años que se les atribuye la responsabilidad de algunas enfermedades. En la actualidad las bacterias son vistas por algunos como héroes capaces de producir la insulina necesaria para salvar a los diabéticos, la hormona de crecimiento necesaria para algunos niños o lo tratamientos para algunas enfermedades como algunos canceres o la enfermedad inflamatoria. ¿Qué ha pasado para que el punto de vista de la comunidad científica se haya modificado? Para hacer una comparación sencilla hemos pasado del cine en blanco y negro al color.

Cuando Pasteur describió, en 1865, su teoría microbiana de las enfermedades infecciosas, se produjo toda una revolución y muchos datos comenzaron a encajar como en un rompecabezas en el que uno encuentra una pieza clave. Ahora se entendía el porqué Semmelweis conseguió bajar la incidencia de fiebre puerperal en las parturientas de la Clínica de Viena tan solo con lavarse las manos antes de atender a sus pacientes o porque las desinfección de heridas, la limpieza en los quirófanos, el utilizar rompa limpia conseguía un descenso en la tasa de morbilidad por enfermedades  infecciosas. Se pusieron en marcha en la mayoría de ciudades europeas medidas tan sencillas y al mismo tiempo eficaces para disminuir las gastroenteritis por salmonella o el tifus como la canalización de las aguas residuales y el tratamiento de las aguas de consumo humano. Solo la limpieza y la higiene fueron suficientemente eficaces para hacer disminuir buena parte de las enfermedades que causaron infinidad de muertes en el siglo XVIII y principios del XIX. Algunas enfermedades comenzaron a decaer en su incidencia de manera espectacular incluso mucho antes de que se encontrara un remedio eficaz tan solo con las medidas de higiene.

Así pues no es extraño que actos tan cotidianos para nosotros como lavarse las manos, cepillarse los dientes, peinarse, bañarse una vez a la semana y utilizar ropa limpia formara parte de los hábitos de la clase media y trabajadora de finales del XIX y comienzos del XX. La higiene, la limpieza comenzó a introducirse como  parte de los usos y costumbres del ciudadano medio como algo necesario para mantenerse sano y evitar contraer enfermedades.

Y esta teoría de la Higiene llega al paroxismo a mediados de los cincuenta del siglo XX, donde todo debía estar desinfectado, limpio, higienizado, desparasitado. Por aquel entonces algunos científicos verifican que la limpieza total, la ausencia de bacterias, no solo no es buena sino que puede ser perjudicial, que hay bacterias en nuestro intestino y que juegan un papel importante en la producción de algunas vitaminas, de los procesos digestivos. Se empienzan de “descubrir” bacterias “buenas”, beneficiosas. Se descubre una relación estadísticamente significativa entre una higiene excesiva y la proliferación de determinadas enfermedades autoinmunes, alérgicas o la Enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Por otra parte la manipulación genética de la E. Coli nos permite utilizarla en nuestro provecho para producir insulina, hormonas, antibióticos y más tarde medicamentos anticancerosos o para algunas enfermedades autoinmunes.

Algunos trabajos científicos ponen blanco sobre negro que la obesidad, el autismo, la depresión, enfermedades cardiovasculares  pueden tener relación con el estado de nuestra microbiota intestinal. Hay quienes están en contra de las vacunas, en que no hay que lavarse tanto, y que no es bueno que nuestros hogares estén tan limpios, que es bueno que los niños tengan mascotas que introducen microbios en nuestras casas. Aducen que la tasa de enfermedades alérgicas entre los niños en cuyo hogar hay un perro es estadísticamente muy inferior a la de aquellos donde no hay ninguna mascota. Y en eso estamos en la actualidad. En el otro extremo del péndulo. Por ello el lector debe ser cauto y no abandonar viejos hábitos que han demostrado ser eficaces en disminuir la incidencia de enfermedades infectocontagiosas y abrazar el nuevo paradigma de la “suciedad” sin dejar pasar un tiempo para la que teoría sedimente.