Enfermedad inflamatoria, microbiota y la “teoría de la limpieza”

¿Existe la teoría de la limpieza? Y que relación puede existir entre tres elementos aparentemente tan dispares, la microbiota, la limpieza  y la enfermedad intestinal. Pues bien esa explicación es precisamente la que podrá  encontrar el lector a lo largo de estas líneas. Vaya por delante que la enfermedad de Crohn, descrita por Burrill Crohn en 1932, y que forma parte junto con la Colitis Ulcerosa de la enfermedad inflamatoria intestinal, fue considera por prestigiosos médicos de la época de “rara”

Pero volvamos a la “teoría de la limpieza”. Hasta bien entrado el siglo XVIII nadie había identificado a las bacterias descritas por Anton van Leeuwhenoek a finales del XVII como las responsables de enfermedades infecciosas. Se atribuye a Semmelweis el mérito de haber sido el primero de haber utilizado un método tan simple como lavarse las manos y desinfectarlas antes de atender a las parturientas. Pues bien con este método consiguió salvar a miles de mujeres recién paridas. Más tarde fue Joseph Lister, cirujano, que aplicó estos métodos al instrumental quirúrgico y a los quirófanos. Por aquel entonces, finales del XVIII, ya existía una probada razón para hacerlo. Luis Pasteur había publicado su “teoría microbiana de las enfermedades infecciosas” Poco a poco entre la clase científica fue calando la teoría de la higiene. En primer lugar como es lógico entre la clase médica pero poco a poco estos conceptos de higiene,  limpieza y desinfección se extendieron entre la clase media. Actos tan cotidianos para nosotros como lavarse las manos antes de comer, bañarse de manera regular, cepillarse el pelo, cortarse las uñas, mudarse de ropa de manera periódica fueron adoptados por la burguesía primero y después por la clase trabajadora en pocos años. Y como resulta obvio se extendió a la clase política pues pronto se trazó una política de Higiene Pública. Se utilizaron conducciones específicas para las aguas residuales que se separaron convenientemente del agua utilizada para consumo humano que se comenzó a tratar y clorar.

Si observamos las estadísticas con la perspectiva que nos da el tiempo vemos unos resultados espectaculares.  Pero lo sorprendente de todo ello es que estos resultados se obtenían antes de que se descubriera ningún remedio eficaz ni contra la tuberculosis, la fiebre puerperal, la difteria, la varicela, el sarampión, la viruela. Era simple y llanamente por la teoría de la higiene.

A comienzos del siglo XX morían en Estados Unidos 500 personas por enfermedades infecciosas cada 100.000 habitantes. Ese número había descendido a 220 personas  en 1920, es decir había bastado 20 años para reducir la cifra a la mitad y esos 20 años no se descubrió ningún antibiótico, ningún fármaco eficaz contra las bacterias. Es cierto que a finales del XIX comienzan a utilizarse las primeras vacunas pero casi a nivel experimental y de manera aislada. Los programas de vacunación en la población de manera sistemática y masiva no comenzaron hasta bien entrado el Siglo XX.

Pero la teoría de la higiene provoca dos fenómenos que nadie esperaba ni nadie predijo, la disminución de la mortalidad infantil y la disminución de las enfermedades relacionadas con el parto. Y como resultado de estos dos fenómenos las expectativas de vida o la esperanza de vida al nacer se prolonga de manera insospechada. En el siglo I después de Cristo un patricio romano tenía una esperanza de vida al nacer de unos 30 años. Durante toda la edad media e incluso durante el renacimiento y la ilustración dicha esperanza d vida apenas crece, en 1800 años de historia, unos 5 años. Pero es que en 1920 la esperanza de vida en Europa alcazaba ya a los 50 años. Y solo 20 años más tarde, en 1940, ya se había extendido hasta los 60 años, e insisto, no se había descubierto ningún remedio eficaz contra las infecciones, ningún medicamento útil frente a las bacterias o virus. La penicilina no llegaría hasta 1945. Es decir la teoría de la limpieza funcionaba.

No es extraño que nuestros padres insistieran tanto en que nos laváramos las manos y desinfectáramos el chupete de nuestros hijos cuando cae al suelo. Pero vivimos en un mundo imperfecto y sobre los años 60 se comienza a observar en el mundo occidental más avanzado y en los países más rico como una epidemia “inexplicable” de enfermedad inflamatoria, de enfermedades alérgicas y enfermedades autoinmunes. Algunos científicos y algunos trabajos de epidemiología relacionan la excesiva limpieza estadísticamente con un aumento exponencial de estas enfermedades. Y este fenómeno se observa en aquellos países que como España nos hemos incorporado tardíamente al pelotón de los ricos.  Y ahí es donde intervienen las bacterias y la microbiota que ayudan a nuestro sistema inmune a permanecer atento. En resumen una limpieza obsesiva puede ser tan perjudicial como la falta de ella. Debemos mantenernos en una situación de equilibrio para que nuestro organismo tenga contacto con las bacterias y aprenda a identificar las que nos benefician de las que nos perjudican.